sábado, 16 de noviembre de 2013

Mi versión de un cronopio

El hombre actual vive en una constante incertidumbre, busca por todos lados algo que anime su espíritu y lo reviva, porque sin eso se siente muerto, sin motivo, sin razón de existencia. Algunos, que son la mayoría, hallan esa satisfacción, llenan ese vacío ontológico, en la acumulación de bienes, en la obtención y ostentación de poder. Sin embargo, quedan unos cuantos que no encuentran medio para reconocerse plenos. Ellos saben y sienten que más allá de sí mismos nada vale la pena; que otra cosa que no exista con base en la prolongación con su entorno, no merece la pena. Ellos saben, también, que la vida está en otra parte, sienten un aleteo profundo que les exige salir, pelear, buscar, observar, reconocer, ser.
            Los más perdidos son estos últimos. Porque en el mundo que los rodea, jamás sus anhelos tendrán prioridad, jamás sus ideas serán primarias; el sistema no funciona así. Es por eso que se pierden, es por eso que se idolatran a sí mismos, es por eso que mueren bajo máscaras. Es por eso, también y sobre todo, que entablan relaciones ilusorias, es por eso que crean mundo alternos de imposible realización. Es por eso que se enamoran de personas ficticias e imaginarias. Es por eso que siguen solos, viven solos, mueren solos.
            Pero hay algo que es imprescindible rescatar de este tipo de personas: su anhelo por reconstruirse, por fundirse con todos los resquicios de la realidad, de la realidad realidad, ésa que pervive en los barrios bajos de esa otra pragmática; la que sólo es vista con la lente del extrañamiento, con el ojo avizor de quien voltea una tarde y reconoce el sabor de una mirada, reconoce la infinitud de un instante, quien siente que la eternidad no está determinada por una línea temporal, sino por una expansión del ser, y esa expansión no se rige por relojes ni itinerarios; llega ciertas ocasiones de la vida y se agota entre más se es fama y no cronopio.



viernes, 15 de febrero de 2013

Termino de leer



Termino de leer El último tango de Salvador Allende y me queda un sabor curioso en la boca. Chile últimamente se me ha presentado como un país atractivo, a pesar de que nada sabía, ni sé él. No, la película de Pablo Larraín que cuenta sobre la campaña publicitaria que ayudó a terminar con la dictadura de Pinochet, paralizó mis pensamientos y puso a mil por hora los cuestionamientos sobre la situación de mi país. Creo captar la misma sensación en la actuación de Gael García, quien al final del film no puede evitar mostrar una melancolía, una especie de celo, un hasta cuándo sería posible eso en México, porque la película levanta el ánimo y muestra de la manera sencilla cómo convencer al pueblo de que las cosas deben ser diferentes. Algunos dirán que no fue sólo la campaña la que terminó con el dictador, sino el abandono al que lo sometieron los militares; pero dicha variación, de acuerdo con la película, se logró al cambiar la perspectiva de los chilenos por medio de los comerciales de la oposición.
            Pues bien, el Chile de No es también el Chile de Roberto Ampuero, el de El último tango de Salvador Allende, novela histórica que aborda la caída del doctor Salvador Allende, un burgués interesado por el pueblo a tal grado de ser presidente e impulsar el socialismo en Chile por la vía democrática, ese hombre es también un pésimo bailarín de tango, pero no por eso menos interesado en él, y un idealista de los que ya quedan pocos. La novela es narrada por un ex agente secreto estadounidense que impulsó el derrocamiento de Allende en los años setenta y que ahora vuelve a buscar el pasado de su hija muerta que estuvo enamorada de un socialista, ironías de la vida. Además de los personajes centrales también se aparecen un Fidel Castro cobarde y un Pinochet, algo que ya se sabe, traidor; a los dos los delatan sus manos tersas y delicadas.
            Al leer la última página de este libro me sentí de nuevo enrarecida, algo que tomo como parámetro para las que considero buenas novelas. Rara, entonces, porque quería saber más del doctor y de su amigo el panadero, rara también porque imaginaba al ex agente entregando las cenizas de su hija y más rara todavía porque ahora quiero saber si el deseo por un mejor país se proyecta como el horizonte, siempre inalcanzable, y si los hombres que aún persiguen ese anhelo terminan perdiendo la voz o dejando sus manos al cuidado de un buen manicurista. 

jueves, 24 de enero de 2013

Siempre me han gustado las pequeñas manchas blancas que aparecen en mis uñas. A pesar de que resultan ser consecuencia de una mala alimentación y de ciertos golpecitos sobre mi cutícula, me gusta imaginarlas como nubes en el inmenso cielo.
Hacía mucho que no tenía una de éstas. Apareció hace unos meses, revistiendo y embelleciendo a mi dedo favorito, el anular. Conforme el tiempo ha pasado, la pequeña nubecita avanza hacia el final y próximamente desaparecerá con el corte de mi uña.
Será triste perderla de vista, porque su presencia me traslada a muchos lugares: imaginarios, algunos; del pasado, otros; y también a un presente que poco a poco voy queriendo olvidar.

lunes, 23 de enero de 2012

Las muchas cosas ocultas



Observar es darte cuenta de las muchas cosas ocultas en tu entorno: rostros que se esconden tras una fingida pose de bienestar, miradas llenas de recelo por aquello que has logrado, gestos en busca de sexo ocasional, sonrisas de satisfacción por tenerte a lado, burlas inesperadas ante la expresión de tus ideas, caricias imperecederas de ser humano que más te ama, desdén por tu compañía.
Todo está ahí, contigo, se posa en los costados de tu cuerpo para decirte que la vida es esto, esto aquí y ahora, de una manera u otra, con eclipses veraniegos y canículas invernales, todo contenido en la balanza de tu memoria, balanza que a veces se inclina por lo que te daña, que cae abruptamente hacia el lado más triste de tu vida, pero que en otras ocasiones deja que los buenos momentos ganen la partida. Así se pasa de un lado para el otro, de una lágrima rota a un distensión de labios, de un anhelo a un rechazo, del deseo a la repulsión.
Hoy no importa que todo esté gris, porque incluso desde ahí puedo reescribir mi historia y formular las preguntas adecuadas para continuar. Hoy es uno de esos tantos días en que no deseo nada ni a nadie, porque no tengo nada ni a nadie que no sea yo misma a través lo poco que esas cosas ocultas me han demostrado, por muy doloras y satisfactorias que me sean.

sábado, 21 de enero de 2012

De los otros

A mí el leer a otros me da ideas para escribir. Cuando leo, cuando escucho, cuando veo, cuando percibo, contraigo las cejas y pienso y se me ocurren frases, me doy cuenta que las ideas de los que me rodean fluyen en mi interior y refrescan mi percepción del mundo. Sin pretensión de llegar a algún lado, el placer por esa lectura se convierte en una búsqueda en sí, en una constante apelación a la humildad de aceptar que quienes nos rodean tienen algo que decir en nuestra vida, aunque sólo compartamos con ellos el gusto por una canción o una película, aunque volteemos a ver el vuelo de un pájaro al caminar por la calle y sólo crucemos una mirada efímera en un momento intrascendente. Y me gusta recordar esto, me gusta rememorarlo en la palabras de otros, con las lecturas de otros que como yo se sienten complacidos al inmiscuirse en las arrugas de las palabras y de los gestos.

sábado, 14 de enero de 2012

Vivir y repensar lo vivido. Defensa

Si la vida humana tiene una forma, aunque sea fragmentaria, aunque sea misteriosa, esa forma es la de una narración: la vida se parece a una novela. Eso significa que el yo, que es dispersión y actividad, se constituye como una unidad de sentido para sí mismo en la temporalidad de una historia, de un relato. Y significa también que el tiempo se convierte en tiempo humano en la medida en que está organizado (dotado de sentido) al modo de un relato.
Jorge Larrosa

La vida es narración. Y bajo este postulado básico se construye uno esencial para el hombre: la interpretación que hace de sí mismo implica su construcción como personaje de una novela. Contar lo que pasa, lo que acontece, lo que nos llega es un ejercicio hermenéutico del yo en el entramado de relaciones sociales del que forma parte. Encontrar una singularidad con base en una construcción acertada de la identidad se transforma en el tesoro perdido, saber narrar y reconocer que lo que se narra es parte esencial de un autoconocimiento que involucra una desmitificación de construcciones claramente enajenantes, donde el ser humano vacía todas sus esperanzas.
La conformación social del hombre contemporáneo crea una enorme insatisfacción anímica, la existencia se rodea de una serie de elementos que poco valor tienen para la configuración de un individuo feliz. En la actualidad la aceptación de una idea de riqueza personal basada en la autointerpretación es una propuesta irrisoria para la mayoría; palabras como introspección e intimidad son abandonadas para el mundo femenino y consideradas como rasgos de debilidad.
Sin embargo, reflexionar sobre la importancia de una subjetividad desaforada como método de comprensión del yo es la vía adecuada para la consolidación de un concepto de ser humano más rico, completo y acertado. Así también el reconocimiento de las experiencias vitales es el camino correcto para la transformación del hombre con una mejor calidad ética de vida. En este sentido, la literatura facilita el camino al describir una concienciación del hombre a través de las vicisitudes de su existencia. Los personajes literarios construyen su identidad al narrativizarse, al hacerse personajes de su propia vida y al contarla en voz propia o por medio de otro.
Las experiencias de las ficciones narrativas permean en la definición de quiénes somos, pueden hacer nuestro autoanálisis más rico y nítido o más ambiguo y borroso. A partir de la literatura nuestra interpretación se vincula directamente a un nosotros colectivo, no a una idea esencialista de lo que somos ni a una tradición inasible, sino a la presencia del hombre en confrontación con su entorno. Cuando contamos nuestra vida a otro, cuando nos hablamos en la privacidad de la habitación, construimos una idea de lo que somos, con nuestras palabras creamos un personaje que transita a nuestro lado durante toda la vida.
Por todo lo anterior, la necesidad de análisis literarios que rescaten estos rubros es imperante. La objetividad del pensamiento racional ha dejado de lado el mundo interior del individuo por considerarlo carente de sentido lógico. Sin embargo, la literatura muestra cada vez más la insatisfacción del ser humano ante el progreso, así como la insignificancia de las soluciones racionales que ofrece el mundo moderno a su existencia problemática. Como barómetro de la condición humana, la literatura hace patente la presión racionalista que se ejerce sobre la subjetividad y que estalla al enfrentarse a las contradicciones de los grandes discursos de la lógica
Vivir y repensar lo vivido, hacer memoria y hallar aliciente en las palabras usadas es una hermenéutica profunda del ser al que todos involuntariamente nos sometemos algunas veces. El discurso de la modernidad, adecuado en momentos transcendentales para el progreso de la sociedad, ha trastocado al espíritu humano, lo ha llevado a un hiperindividualismo irracional en aras de satisfacciones económicas y narcisistas que sólo hallan plenitud bajo el eslogan de la moda y el consumo. De esta manera existe poca o nula plenitud en el ámbito personal, porque el mundo subjetivo del ser se abandona para darle espacio a construcciones prefabricadas que terminan por ahogar una esencia geninuna del yo. 

martes, 10 de enero de 2012

Una búsqueda frustrada

Hace poco leí un artículo de Rosa Montero donde explica nuestra incesante necesidad de compartir los que nos gusta y conmueve. Con esta lectura vagué por mis recuerdos y me trasladé mi búsqueda frustrada por una pareja con la cual compartir mis gustos y emociones, alguien que se pudiera estremecer como yo al escuchar Insensatez de Fernanda Takai, que pudiera sentir tocado el corazón con el final de El país de las últimas cosas. En fin, buscaba alguien idéntico en pensamientos y conmociones. Sin embargo, como bien lo explica también Rosa en su artículo, llegué a la conclusión que tal posibilidad es imposible, que es erróneo pretender encontrar a alguien que comparta con nosotros todo y que nosotros transpiremos a través de él. Como ella coincido en que es preferible, después de tantas reflexiones, describir de la mejor manera posible aquello que nos excita el corazón, escribir lo que nos transporta el alma a regiones superiores, así seremos capaces de disfrutar la belleza que nos asalta, de transmitirla a otros, y tal vez, en el más esperanzador de los casos, hallar al otro lado del mundo quien sienta el mismo escalofrío ante ínfimas cosas que nos emocionan.