sábado, 14 de enero de 2012

Vivir y repensar lo vivido. Defensa

Si la vida humana tiene una forma, aunque sea fragmentaria, aunque sea misteriosa, esa forma es la de una narración: la vida se parece a una novela. Eso significa que el yo, que es dispersión y actividad, se constituye como una unidad de sentido para sí mismo en la temporalidad de una historia, de un relato. Y significa también que el tiempo se convierte en tiempo humano en la medida en que está organizado (dotado de sentido) al modo de un relato.
Jorge Larrosa

La vida es narración. Y bajo este postulado básico se construye uno esencial para el hombre: la interpretación que hace de sí mismo implica su construcción como personaje de una novela. Contar lo que pasa, lo que acontece, lo que nos llega es un ejercicio hermenéutico del yo en el entramado de relaciones sociales del que forma parte. Encontrar una singularidad con base en una construcción acertada de la identidad se transforma en el tesoro perdido, saber narrar y reconocer que lo que se narra es parte esencial de un autoconocimiento que involucra una desmitificación de construcciones claramente enajenantes, donde el ser humano vacía todas sus esperanzas.
La conformación social del hombre contemporáneo crea una enorme insatisfacción anímica, la existencia se rodea de una serie de elementos que poco valor tienen para la configuración de un individuo feliz. En la actualidad la aceptación de una idea de riqueza personal basada en la autointerpretación es una propuesta irrisoria para la mayoría; palabras como introspección e intimidad son abandonadas para el mundo femenino y consideradas como rasgos de debilidad.
Sin embargo, reflexionar sobre la importancia de una subjetividad desaforada como método de comprensión del yo es la vía adecuada para la consolidación de un concepto de ser humano más rico, completo y acertado. Así también el reconocimiento de las experiencias vitales es el camino correcto para la transformación del hombre con una mejor calidad ética de vida. En este sentido, la literatura facilita el camino al describir una concienciación del hombre a través de las vicisitudes de su existencia. Los personajes literarios construyen su identidad al narrativizarse, al hacerse personajes de su propia vida y al contarla en voz propia o por medio de otro.
Las experiencias de las ficciones narrativas permean en la definición de quiénes somos, pueden hacer nuestro autoanálisis más rico y nítido o más ambiguo y borroso. A partir de la literatura nuestra interpretación se vincula directamente a un nosotros colectivo, no a una idea esencialista de lo que somos ni a una tradición inasible, sino a la presencia del hombre en confrontación con su entorno. Cuando contamos nuestra vida a otro, cuando nos hablamos en la privacidad de la habitación, construimos una idea de lo que somos, con nuestras palabras creamos un personaje que transita a nuestro lado durante toda la vida.
Por todo lo anterior, la necesidad de análisis literarios que rescaten estos rubros es imperante. La objetividad del pensamiento racional ha dejado de lado el mundo interior del individuo por considerarlo carente de sentido lógico. Sin embargo, la literatura muestra cada vez más la insatisfacción del ser humano ante el progreso, así como la insignificancia de las soluciones racionales que ofrece el mundo moderno a su existencia problemática. Como barómetro de la condición humana, la literatura hace patente la presión racionalista que se ejerce sobre la subjetividad y que estalla al enfrentarse a las contradicciones de los grandes discursos de la lógica
Vivir y repensar lo vivido, hacer memoria y hallar aliciente en las palabras usadas es una hermenéutica profunda del ser al que todos involuntariamente nos sometemos algunas veces. El discurso de la modernidad, adecuado en momentos transcendentales para el progreso de la sociedad, ha trastocado al espíritu humano, lo ha llevado a un hiperindividualismo irracional en aras de satisfacciones económicas y narcisistas que sólo hallan plenitud bajo el eslogan de la moda y el consumo. De esta manera existe poca o nula plenitud en el ámbito personal, porque el mundo subjetivo del ser se abandona para darle espacio a construcciones prefabricadas que terminan por ahogar una esencia geninuna del yo. 

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