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miércoles, 1 de octubre de 2014

Día 8

Dejé el Facebook hace unos días, ¿qué he conseguido de esto? Menos cigarrillos y 10 cuartillas de un texto amorfo que no tengo las más remota idea para qué funciona o a qué obedece, simple y sencillamente fluye todos los días. El tema se ofrece a la imaginación y los dedos escriben. Existe una especie de estado alterado de la conciencia donde mis oídos se quedan un poco sordos, escuchan el eco de la realidad del otro lado. La mente cierra una parte y se abre otra. Aunque al mismo tiempo mantengo la atención para lo que pasa afuera, siempre le presento mayor contento a este lado de la realidad donde el sonido del reloj se acompasa con el latir de mi corazón sobre mis párpados cerrados. Nada existe acá que no sea posible, viajo en una especie de corriente donde cada murmullo se amolda a mi cuerpo y a lo que quiero decir.   
            Empiezo a creer en la mentada pulsión que los escritores sienten por escribir. En algunos momentos de mi vida había sido experimentada, pero casi siempre la anegaba y abandonaba, me sentía incapaz para decir todo esto que ahora puja por salir. Y quién sabe a dónde me lleve, no sé si mañana continúe, a lo mejor se pasa la euforia en cuanto termine mi síndrome premestrual, o tal vez consiga salir de la seudodepresión que invade mi metabolismo; ni idea, ni deseo de averiguarlo. Ahora sólo me dejo navegar y que el cursor decida.
           
En el día 8 de este texto, así son las cosas. 

sábado, 16 de noviembre de 2013

Mi versión de un cronopio

El hombre actual vive en una constante incertidumbre, busca por todos lados algo que anime su espíritu y lo reviva, porque sin eso se siente muerto, sin motivo, sin razón de existencia. Algunos, que son la mayoría, hallan esa satisfacción, llenan ese vacío ontológico, en la acumulación de bienes, en la obtención y ostentación de poder. Sin embargo, quedan unos cuantos que no encuentran medio para reconocerse plenos. Ellos saben y sienten que más allá de sí mismos nada vale la pena; que otra cosa que no exista con base en la prolongación con su entorno, no merece la pena. Ellos saben, también, que la vida está en otra parte, sienten un aleteo profundo que les exige salir, pelear, buscar, observar, reconocer, ser.
            Los más perdidos son estos últimos. Porque en el mundo que los rodea, jamás sus anhelos tendrán prioridad, jamás sus ideas serán primarias; el sistema no funciona así. Es por eso que se pierden, es por eso que se idolatran a sí mismos, es por eso que mueren bajo máscaras. Es por eso, también y sobre todo, que entablan relaciones ilusorias, es por eso que crean mundo alternos de imposible realización. Es por eso que se enamoran de personas ficticias e imaginarias. Es por eso que siguen solos, viven solos, mueren solos.
            Pero hay algo que es imprescindible rescatar de este tipo de personas: su anhelo por reconstruirse, por fundirse con todos los resquicios de la realidad, de la realidad realidad, ésa que pervive en los barrios bajos de esa otra pragmática; la que sólo es vista con la lente del extrañamiento, con el ojo avizor de quien voltea una tarde y reconoce el sabor de una mirada, reconoce la infinitud de un instante, quien siente que la eternidad no está determinada por una línea temporal, sino por una expansión del ser, y esa expansión no se rige por relojes ni itinerarios; llega ciertas ocasiones de la vida y se agota entre más se es fama y no cronopio.



lunes, 20 de diciembre de 2010

Antídoto recurrente

Caen sobre mis ojos las imágenes viejas de los momentos vividos con otras personas, recuerdo lo que hacía en tiempos pasados con gente que ahora ya no figura en mi vida. Me pregunto ¿cómo fluye la existencia de los otros?, ¿han hecho realidad sus planes o se sumergen como yo en proyectos futuros tal vez inalcanzables? No sé, no sé dónde están todos aquellos que sonríen en mi memoria, ésos que lloran unas veces y que gritan de hilaridad otras. Recuperar en momentos de soledad la tristeza y la felicidad de antaño se vuelve en un antídoto recurrente para soportar el presente.