Hace poco leí un artículo de Rosa Montero donde explica nuestra incesante necesidad de compartir los que nos gusta y conmueve. Con esta lectura vagué por mis recuerdos y me trasladé mi búsqueda frustrada por una pareja con la cual compartir mis gustos y emociones, alguien que se pudiera estremecer como yo al escuchar Insensatez de Fernanda Takai, que pudiera sentir tocado el corazón con el final de El país de las últimas cosas. En fin, buscaba alguien idéntico en pensamientos y conmociones. Sin embargo, como bien lo explica también Rosa en su artículo, llegué a la conclusión que tal posibilidad es imposible, que es erróneo pretender encontrar a alguien que comparta con nosotros todo y que nosotros transpiremos a través de él. Como ella coincido en que es preferible, después de tantas reflexiones, describir de la mejor manera posible aquello que nos excita el corazón, escribir lo que nos transporta el alma a regiones superiores, así seremos capaces de disfrutar la belleza que nos asalta, de transmitirla a otros, y tal vez, en el más esperanzador de los casos, hallar al otro lado del mundo quien sienta el mismo escalofrío ante ínfimas cosas que nos emocionan.
Hay tanto... y tan diferentes cosas que apasionan...
ResponderEliminarPor lo mismo es una ilusión creer encontrar a la media naranja.
ResponderEliminarTu texto me hizo imaginar a la obra literaria como el proverbial mensaje en la botella que el naúfrago arroja al oleaje, esperando encontrar una mente receptiva al otro lado del mare ignotum.
ResponderEliminarY así es. En realidad todo lo que nos emociona, nos emociona de tan distinta manera es muy difícil hallar quien lo comparta con nosotros. Por eso es tan esperanzadora la literatura.
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