El
hombre actual vive en una constante incertidumbre, busca por todos lados algo
que anime su espíritu y lo reviva, porque sin eso se siente muerto, sin motivo,
sin razón de existencia. Algunos, que son la mayoría, hallan esa satisfacción,
llenan ese vacío ontológico, en la acumulación de bienes, en la obtención y ostentación
de poder. Sin embargo, quedan unos cuantos que no encuentran medio para reconocerse
plenos. Ellos saben y sienten que más allá de sí mismos nada vale la pena; que
otra cosa que no exista con base en la prolongación con su entorno, no merece
la pena. Ellos saben, también, que la vida está en otra parte, sienten un
aleteo profundo que les exige salir, pelear, buscar, observar, reconocer, ser.
Los más perdidos son estos últimos. Porque
en el mundo que los rodea, jamás sus anhelos tendrán prioridad, jamás sus ideas
serán primarias; el sistema no funciona así. Es por eso que se pierden, es por
eso que se idolatran a sí mismos, es por eso que mueren bajo máscaras. Es por
eso, también y sobre todo, que entablan relaciones ilusorias, es por eso que
crean mundo alternos de imposible realización. Es por eso que se enamoran de personas
ficticias e imaginarias. Es por eso que siguen solos, viven solos, mueren
solos.
Pero hay algo que es imprescindible
rescatar de este tipo de personas: su anhelo por reconstruirse, por fundirse
con todos los resquicios de la realidad, de la realidad realidad, ésa que
pervive en los barrios bajos de esa otra pragmática; la que sólo es vista con
la lente del extrañamiento, con el ojo avizor de quien voltea una tarde y
reconoce el sabor de una mirada, reconoce la infinitud de un instante, quien
siente que la eternidad no está determinada por una línea temporal, sino por
una expansión del ser, y esa expansión no se rige por relojes ni itinerarios;
llega ciertas ocasiones de la vida y se agota entre más se es fama y no
cronopio.